Un viaje a Birmania, o Myanmar, supone, de forma mucho más acentuada que en otros lugares, un viaje al pasado. Lo es porque este país de costumbres milenarias aún no las ha perdido: sigue muy vivo un ritmo de vida tradicional merced al tremendo aislamiento en que ha vivido durante buena parte del siglo XX, aunque en los últimos años se está abriendo al turismo y, con él, a las influencias extranjeras.

Por ello es buena idea visitarlo ahora, antes de que el turismo se vuelva de masas y la influencia extranjera borre sus rasgos más característicos. Y disfrutarlo tal cual es: un país fundamentalmente rural, aunque con preciosas ciudades, lleno de pagodas, santuarios y monasterios, decorado con los típicos paisajes coloridos y deslumbrantes del Sudeste asiático.

Yangón

La capital del país –antes llamada Rangún– cuenta con unos 5 millones de habitantes, aunque su poblamiento disperso le da un aire muy distinto al de otras grandes urbes: esta parece poco aglomerada y tiene un centro histórico amplio, con edificios bajos y repleto de vegetación.

El centro es muy paseable: invita a lanzarse a descubrir los edificios de época colonial, las zonas comerciales y las pagodas más importantes, dispersas aunque no demasiado lejanas.

En las cercanías están los lagos Inya y Kandawgyi, muy recomendables, y muy frecuentados por los propios habitantes como lugares de esparcimiento.

Mandalay

Mandalay fue capital y residencia real, y no sorprende por lo tanto que siga siendo un importante centro cultural. Está a casi 600 kilómetros al norte de Yangón y comunicada con ésta por carretera, ferrocarril y avión.

Con más de 20.000 monjes, es uno de los grandes centros religiosos de Myanmar, y también cuenta con un nutrido cuerpo de artesanos que son expertos en el trabajo de la plata.

Lamentablemente, sus muchos incendios y destrucciones han lastrado gravemente su patrimonio, pero en las cercanías hay mucho que ver: por ejemplo, las impresionante ciudades desiertas de Ava, Amarapura, Mingún y Sagaing.

Bagán

Bagán es una de las grandes maravillas del Sudeste asiático. Se trata de un amplio recinto arqueológico adornado con centenares de pagodas y templos de diversos estilos, formas y tamaños. Fue la primera capital del Imperio birmano, allá por el siglo XI, y aunque la ciudad ha sido frecuentemente castigada con incendios y terremotos conserva una buena muestra de su riquísima historia.

Lago Inle

Al lago Inle normalmente se accede en avión, pero la opción de llegar en carretera, bien sea desde Mandalay o desde Bagán, siendo un viaje largo de unas cinco horas, tiene sus ventajas: por ejemplo, conocer los paisajes y la vida rural de la llanura de Irrawaddy y las montañas Shan.

La zona que rodea al lago, además de ser un paraje natural bellísimo, es un mosaico de grupos étnicos distintos, folklores locales, artesanías, mercados y músicas.

A Birmania es mejor ir entre noviembre y abril, antes de la época de los monzones. Y dada su lejanía lo mejor es reservar entre una y dos semanas para poder aprovechar el viaje.

La entrada al país se hace por Yangón, donde bien podemos permanecer unos días. Para visitar Mandalay, Bagán y el lago Inle lo recomendable es contar con al menos doce días, ya que las distancias entre algunos de estos puntos son bastante grandes.

También se puede combinar el viaje con la visita a otros destinos del Sudeste asiático, como Camboya o Tailandia.

Para entrar en el país se necesita pasaporte con una validez mínima de seis meses y un visado obligatorio. Este visado puede solicitarse por correo en las embajadas de Myanmar de Francia, Alemania u otros países. La embajada de Myanmar en Bangkok suele expedirlo en un máximo de tres días.
Es obligatoria la vacuna de la fiebre amarilla para aquellas personas procedentes de áreas afectadas por esta enfermedad, y recomenda la de la hepatitis A y B, rabia, encefalitis japonesa, tétanos y BCG (tuberculosis).
Se recomienda no alejarse excesivamente de las zonas turísticas o, en todo caso, hacerlo con precaución e informarse de la situación, especialmente en las zonas fronterizas, donde puede haber altercados intercomunitarios.